lunes, 8 de febrero de 2016

Hasta siempre. Billy (2002-2016)

El metal de esta mesa está frío y siento una aguja entrar en mis venas. Ellos están aquí a mi lado. Sus caras no parecen las de siempre. Les noto más tristes de lo habitual. Los últimos días no han sido nada buenos. Cada vez me sentía más débil y me costaba mucho andar. Desde el verano me he sentido más y más cansado y creo entender por qué. Han pasado muchos años, muchas vivencias, y quizá se me esté agotando el tiempo.

Ayer vino mi hermano y conseguí con un gran esfuerzo salir a recibirlo como siempre. Me abracé a él un poco más que de costumbre porque no creo que pueda volver a hacerlo. Siento mucho que mi hermana no esté aquí. No podré verla una última vez.
Ahora tengo bastante sueño. Mi cuerpo se está apagando y no consigo sentir sus caricias aunque sé que tienen sus manos sobre mí.
Muchos recuerdos me vienen ahora de mi vida con esta familia. Catorce años dicen que tengo, pero yo me noto mucho más viejo. El primer día que llegué yo era un despojo muy pequeño. Me llevaron a Badajoz. Poco después conocí un sitio mucho más divertido llamado Aldeacentenera donde conocí un gato que se creía el rey de la casa. Nos hicimos amigos pero poco después apareció muy herido. Nunca me dijeron qué le pasó pero a los pocos días no volví a verlo en casa. Le eché mucho de menos. En el pueblo también me presentaron a mis abuelos. Los quería mucho. Solía escaparme de casa e ir a la suya donde me daban un cuscurro de pan y llamaban a mis padres para que vinieran a por mí. En realidad, me escapaba para obligar a mis padres a visitar a los abuelos. Sé que se sentían solos en esa casa tan vieja y les veía iluminarse cuando yo aparecía por la puerta y después mis padres venían a por mí, quedándose a cenar de paso. Fueron unos buenos años.


Más tarde el abuelo enfermó y se fue muy lejos, a Lérida, decían. Una vez fui a visitarlo. El viaje  fue muy divertido pero al llegar me di cuenta de que el abuelo estaba muy mal. Años después me dijeron que ya no podría volver a verlo. 

En Badajoz también viví muchas aventuras. Era una ciudad donde tenía muchos amigos y los veía cuando sacaba a mi padre de paseo por el río. Me encantaba sacarlo a que anduviera un poco. Lo mantenía en forma.
 
Poco después aparecieron dos personas en casa que decían que eran algo de mis hermanos y se les veía muy felices. Nunca me cayeron bien del todo, la verdad, y demostraba mi descontento ladrando sin parar. Algo tenían que no me gustaba: Él fumaba unas cosas con un olor extraño que me producían un fuerte mareo y ella olía a gato, y todo buen perro sabe que los gatos no son de fiar. Estuvieron muchos años por aquí pero por fin desaparecieron. La de los gatos hace tan sólo unos meses. Lo extraño es que eso puso muy tristes a mis hermanos y no logro entender aún por qué pero siempre he tratado de estar a su lado para animarlos. 

He visto muchas cosas en todos estos años en mi familia. Muchas risas y también llantos. He compartido muchos problemas que ponían muy tristes a mis padres y siempre estuve a su lado para hacerles sentir mejor.

Mi hermana estuvo enferma muchos años. No quería comer y sufría mucho pero por fin al final de mucho esfuerzo se recuperó y volvimos al pueblo. Estoy muy orgulloso de ella. Aquí estaba muy feliz también. El sonido del pueblo es fantástico y su olor embriagador. Nada que ver con la ruidosa y apestosa ciudad. Aquí tenía muchos amigos entre perros, gatos y pájaros. Me encantaba llevar a mi padre a que trabajara en el huerto y a mi madre y abuela de paseo por la laguna para poder cazar ranas. Pero el año pasado mi abuela se fue también. Fue un palo muy duro. Nadie como ella sabía dejar caer comida de la mesa para mí. Y me encantaba cómo me decía cariños.

Este último año ha sido muy raro. Me han ido faltando las fuerzas. Ya no podía salir a recibir a mis hermanos saltando sobre ellos cuando venían ni podía seguir el ritmo de mis padres cuando salíamos a pasear. Poco a poco notaba que la alegría iba desapareciendo de la casa y me miraban con ojos tristes, preocupados por mí.

Hoy ya no me puedo mover. Me han traído al veterinario y aquí estoy cada vez con más sueño, con menos peso sobre mi cuerpo. No quiero que cesen nunca sus caricias, sus cariños, su alegría... pero yo ya no puedo darles más. Toda mi vida se la he regalado, toda mi energía y mi amor. Y ellos me han correspondido. No puedo estar más feliz aunque les voy a echar mucho de menos. Sé que ellos me echarán de menos también. Ojalá pudiera estar con ellos sólo un ratito más pero mi tiempo acaba aquí y espero que mi recuerdo esté siempre en sus corazones.

Se me nubla la vista. La mesa ya no me parece tan fría...








2 comentarios:

María Suárez Gómez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
María Suárez Gómez dijo...

Buen viaje a Billy, se lo merece.